Valente: el poeta espiritual, en su aventura

Fuente: https://www.abc.es/cultura/cultural/abci-valente-poeta-espiritual-aventura-202007190156_noticia.html La de José Ángel Valente es una de las escasas obras de la segunda mitad del siglo XX que no sólo han mantenido su vigencia, sino que han ganado en relevancia y significación. Fallecido hace 20 años, hizo de la palabra poética un absoluto. Se cumplen en este mes de julio veinte años de la muerte de José Ángel Valente. Su voz se sigue oyendo en el contexto de la poesía contemporánea de lengua española no como la de uno de esos habituales «clásicos de hoy» -una referencia, digamos, inevitable, pero ya no actuante sobre la escritura actual-, sino como una presencia viva. Son muy escasos los autores que alcanzan un grado de permanencia semejante. No es la primera vez que evoco unas palabras de T. S. Eliot a propósito de la perduración de obras literarias: «Hay pocas reputaciones que se mantengan del todo constantes a través de las generaciones. Ninguna reputación conserva siempre exactamente el mismo lugar: es un mercado en continua fluctuación». De hecho, a menudo he asociado esa idea de Eliot a otra de Juan Ramón Jiménez según la cual «un poeta, incluso el más grande, no suele tener más que veinticinco años de actualidad (la de las ideas, costumbres y sentimientos de su época de formación), y luego, si ha valido de veras, su solitaria permanencia, su dinámica posteridad indestructible». Se trata de ideas que convergen y se complementan, a mi juicio. La de Valente es una de las muy escasas obras producidas en la segunda mitad del siglo XX que no sólo han mantenido su vigencia, sino que con el paso del tiempo han ganado en relevancia y significación, es decir, una «reputación» que va en aumento. Lejos de ser «actual» durante un cuarto de siglo únicamente, ha demostrado su trascendencia mucho allá de ese plazo. Búsqueda, no imitación Las razones que justifican este hecho son de distinta naturaleza y sería preciso detenerse por igual en cada una de ellas, pero no es este el momento ni el lugar para hacerlo. Baste decir que, a mi ver, existe un motivo fundamental que está en la raíz de ese hecho: el poeta y ensayista gallego es un caso verdaderamente singular en lo que se refiere a la concepción del fenómeno poético y en cuanto a la expresión de este en el panorama de la lírica contemporánea. No imitó a sus maestros, sino que buscó lo que ellos buscaron. La evolución de su obra (como la de Juan Ramón Jiménez, por cierto) fue alcanzando crecientes niveles de exigencia y adentrándose por territorios desconocidos hasta hacer de la palabra poética un absoluto y llevando a cabo una exploración espiritual pocas veces vista en la poesía de nuestro tiempo. En este sentido, la evolución de su obra desde la idea de la poesía como conocimiento hasta la asunción de la palabra como «inconocimiento» no sólo no es contradictoria, sino que responde a una radical aventura del espíritu que tuvo en la obra de Juan de la Cruz su más claro referente. La evolución de su obra alcanzó gran nivel de exigencia y viajó por territorios desconocidos La significación de Valente está ligada asimismo al hecho de que ningún otro autor de su generación ha reflexionado de manera más profunda sobre la palabra poética. No digo que sea imprescindible que un poeta posea esa dimensión reflexiva, sino que, en su caso, ello contribuye de manera muy considerable a su peso histórico y a la interpretación que una época da al sentido de la palabra poética. Hoy, en cierto modo, «medimos» la poesía de todo un período histórico a través de la altura alcanzada por José Ángel Valente, y ello no sólo a través de su poesía, sino también a través de su prosa crítica, sea cual sea nuestro grado de asentimiento a determinadas valoraciones de la tradición recibida (especialmente las de su libro de 1971 Las palabras de la tribu). Es el nivel crítico y reflexivo lo que cuenta. Obras completas Ese peso y ese nivel han podido hacerse sentir de manera muy clara gracias a la relativamente temprana edición de sus Obras completas, en dos volúmenes (poesía y ensayo), publicados en 2006 y 2008. Previamente aparecieron recopilaciones de su obra crítica dispersa, que mostraron la extraordinaria coherencia de su pensamiento crítico (Elogio del calígrafo, 2002, y La experiencia abisal, 2004). No menos decisiva, sin embargo, ha sido igualmente la publicación de dos libros que, por razones diversas, no pudieron tener cabida en sus Obras completas (en las que deberán integrarse en el futuro): me refiero al fundamental Diario anónimo (2011), conjunto de anotaciones escritas entre 1959 y 2000, en las que puede advertirse el proceso de evolución de una conciencia creadora y de las, a menudo, duras condiciones vitales en que esa evolución se sustentaba, y al dramático relato Palais de Justice (2014), de sutiles implicaciones autobiográficas. Ambos libros han venido a ampliar desde dentro las perspectivas ofrecidas por la obra total de Valente. En fecha posterior (2018) ha visto la luz asimismo El ángel de la creación, compendio de entrevistas y conversaciones de excepcional utilidad para situar esta obra tanto en su contexto interno como en relación con el diálogo que el poeta y ensayista gallego mantuvo con su tiempo. Quiso llevar el lenguaje a un lugar donde las palabras son «ininteligibles y puras» No es difícil deducir qué es lo que Valente hubiera pensado acerca de determinados fenómenos o epifenómenos del panorama cultural de la España de hoy. Si fue particularmente crítico con determinados valores y estimaciones del tiempo que le tocó vivir, su interpretación del momento actual tampoco escaparía a muy severos juicios. Contra el gregarismo, contra la facilidad, contra la hipocresía, contra la penosa confusión del trabajo del espíritu con la barata «visibilidad» electrónica y con las cuotas de poder literario y político que parecen dominar el tiempo presente, Valente no dudaría en recordarnos lo que ya dijo en Notas de un simulador: «Escribir es una aventura personal». Cabría repetir acaso, como improbable consejo a no avisados jóvenes y menos jóvenes, una de sus reflexiones más exactas: «La apuesta es irrenunciable: llevar el lenguaje a una situación extrema, lugar o límite donde las palabras se hacen, en efecto, «ininteligibles y puras», con una teoría del no entender, no saber -‘‘y quedéme no sabiendo’’-, de forma que el que en un simple modo de razón no entienda pueda encontrar, no entendiendo, más hondo y dilatado espacio para existir». Contra lo que muchos creen, nunca podrá exigírsele menos a la palabra de la poesía. Andrés Sánchez Robayna