Fuente: https://www.elheraldo.co/cultura/el-humor-es-la-forma-de-reflexion-mas-alta-del-ser-humano-y-de-la-poesia-romulo-bustos

El escritor de 65 años, nacido en Santa Catalina de Alejandría, Bolívar, es el ganador del Premio Nacional de Poesía que otorga el Ministerio de Cultura por su antología ‘De moscas y de ángeles’.

 

Rómulo Bustos Aguirre medita cuando baila dos o tres canciones de salsa antillana. El ganador del Premio Nacional de Poesía 2019 encuentra “en el acto de bailar” “una compenetración mística”, un viaje a otra dimensión. En su vida todo suena a poesía, hasta el pueblo donde nació, Santa Catalina de Alejandría, en Bolívar. Allá conoció autores como Nathaniel Hawthorne, Mark Twain o Sinclair Lewis. Todo, gracias a los libros que su padre no pudo vender en sus correrías por el departamento del que nunca ha deseado desprenderse.

Sin saberlo, esos autores y las historias que narraban se convirtieron en grandes influencias que hoy hacen parte de su obra.

De moscas y de ángeles (2018) editado por la Pontificia Universidad Javeriana, es una antología de casi 30 años de luchas contra la hoja en blanco y el quehacer, para algunos quijosteco, de parir poesía.

Desde El oscuro sello de Dios (1988) hasta su más reciente Casa en el aire (2017) hacen parte del libro que hoy aplaude de pie la literatura nacional.

Este resultado es “una visibilización de la lírica del Caribe colombiano. Existe una cierta tendencia a pensar que el Caribe no es territorio lírico sino de narradores”, dice Bustos, que desde el Aeropuerto Internacional de Cartagena de Indias habló telefónicamente con EL HERALDO antes de recoger el premio otorgado por el Ministerio de Cultura.

P.¿Este es un premio a la persistencia de narrar el Caribe desde el Caribe?

R.
Sí. Es interesante, tú miras con cuidado y la mayoría de los escritores del Caribe o casi todos no viven en el Caribe, han desarrollado su obra en Bogotá u otras partes, pero yo he permanecido en el Caribe desde mi niñez hasta este momento, no me he desplazado al centro, que es casi como un ritual de los intelectuales, de los escritores, ir al centro, porque este es un país centralista. Todo escritor quiere estar en Bogotá, esa es la verdad, pero en mi caso las circunstancias me dijeron que me quedara en el Caribe y eso ha redundado en beneficios, porque crea un sentimiento de mayor pertenencia, o por lo menos la gente también lo siente, que he estado allí, que no se viene de visita sino que se está allí produciendo su obra allí y desde allí.

P.Eso se relaciona con la enciclopedia ‘El tesoro de la juventud’ que llegó a sus manos cuando era un niño y que narraba paisajes lejanos a los suyos. ¿Eso es lo que plasma en su obra?

R.
Así es. Es verdad que narro eso que no encontré en esas lecturas. Debo decirte que eso que sucedió ahí fue una cosa que me marcó en el sentido de que yo no tenía claridad qué debería narrar o contar, se creó una especie de confusión, de que justamente eso que estaba ahí no era narrable, tenía que buscar otros escenarios, otros espacios, otros referentes. Eso fue un poco problemático, me tocó hacer un trabajo como en contravía para ir descubriendo lo que las circunstancias culturales habían generado, porque eso que me sucedió a mí le sucede a casi todos los escritores colombianos; es decir, que reciben información primera de culturas que no están presentes en sus entornos. Por eso te digo que a mí me resultaron más cercanos los referentes de la cultura clásica griega, lo que estaba a la vista, al tacto y al oído.

P.Hábleme de su pueblo Santa Catalina de Alejandría...

R.
Yo nací allá, soy el penúltimo de ocho hermanos, algunos nacidos en Barranquilla, de hecho solamente dos nacimos en Santa Catalina, el resto son barranquilleros. Santa Catalina es como muchos pueblos de la Costa, digamos que sin mayores elementos que lo hagan apetecible, pero allí encontré mis primeros elementos que de alguna manera marcaron mi espíritu de ir en contravía a esas problemáticas que se estaban marcando en torno a algunas lecturas. Mi casa tenía un patio grande y un traspatio absolutamente inmenso lleno de árboles frutales, era el escenario de juegos de los niños del pueblo. Esa casa y mi familia, a diferencia de las demás, tenía una extensión de tierra privilegiada y no como las otras cuyos patios eran pequeños, pero tenían fincas afuera del pueblo para sus cultivos. Mi patio era grandísimo, era como una selva y allí iban mis amigos, por eso yo titulé mi tercer libro En el traspatio del cielo (...) Era el lugar de los juegos, de las alegrías, de comer frutas, de todo lo que sucede en un patio típico costeño.

P.¿A qué edad se marchó de Santa Catalina?

R.
Hasta los 9 años, ahí emigró toda la familia porque se dio la venta de la casa familiar. La razón era que necesitábamos estudiar secundaria y en Santa Catalina no había colegio de bachillerato. Éramos ocho hermanos y no podíamos estar atenidos a los tíos y a las tías que vivían en Cartagena, entonces mi papá tomó la decisión de mudarnos y para mudarse había que vender la casa. Una cosa realmente paradójica es que en esa casa que mi padre vendió al municipio se construyó un colegio para bachillerato, eso es una cosa que me llama mucho la atención, haber salido buscando un colegio para cursar el bachillerato y resulta que ese colegio lo construyeron donde yo nací y viví mi infancia. Todavía en ese terreno queda el colegio de bachillerato, en el gran patio quedan ahora las canchas escolares.

P.¿O sea que se sacrificaron por el bien de la juventud de Santa Catalina?

R.
De alguna manera, es una cosa muy curiosa. Otra cosa que es extraña es que mi padre tuvo una especie de epifanía, algo muy misterioso que lo llevó a convertir los libros que él tenía, que fueron muchos porque él fue librero en una época, en la biblioteca del pueblo que ubicó en dos estantes. En el pueblo eso era un verdadero tesoro. Entonces él decidió que esos dos estantes serían la biblioteca y colocó un letrero que decía “Biblioteca Pública de Santa Catalina”. La paradoja es que finalmente yo era el que hacía de bibliotecario, tenía siete u ocho años pero ya me los conocía al dedillo. Los niños y muchachos que estudiaban su bachillerato en Cartagena llegaban los fines de semana y se sentaban en la casa a leer los libros. Sucede que hace unos años fui a Santa Catalina y me encontré con que la biblioteca lleva mi nombre, yo no sabía eso. Le pusieron Biblioteca Pública Rómulo Bustos. Cuando yo me enteré de eso y me llevaron a conocerla pensé que realmente el nombre que debe estar allí es el de mi padre, que de alguna manera tuvo la utopía de una biblioteca para el pueblo con sus libros, que fueron los que me alimentaron.

P.¿Cómo se llamaban sus padres

R.
Mi padre se llamaba Julio Alberto Bustos, y mi madre, que es de origen panameño, se llama Blanca Aguirre. Tiene 100 años y está en buen estado de salud.

P.¿La salsa es poesía?

R.
Por supuesto que sí. La música es poesía, tiene un gran sentido cósmico, el cosmos finalmente es música, es una música que no es exactamente humana. En relación con ello la música que hace el ser humano está tocada por una cognicidad. Básicamente yo bailo la salsa antillana, siento que en el acto de bailar hay una compenetración mística y cuando tú estás bailando estás en otra dimensión. Realmente para dejarte claro lo que te quiero decir, yo durante mucho tiempo he tenido fascinación por lo religioso sin ser religioso en el sentido tradicional. Esa fascinación por la religión me llevó a esta práctica budista de la meditación, pero ahí pasaba algo curioso, por más que meditaba no lograba eso que se preveía debía pasar, ese instante de comunión mística, yo no lo lograba y una vez me di cuenta que realmente mi forma de meditar era bailando. Desde ese momento deje de sentarme a meditar en un cojín. Cuando necesito estar como en distensión pongo algo de música y bailó unas dos o tres piezas y eso para mí es mi forma de lograr una meditación profunda y complejísima, es una relación, una religacion con las palpitaciones del cosmos.

P.En su obra ‘De moscas y de ángeles’, ¿qué papel juega el humor?

R.
Es una antología publicada por la Pontificia Universidad Javeriana en el 2018. Es mi primera antología que recorre mi producción poética del primer libro hasta el último. El primero es de 1988, El oscuro sello de Dios, y el último es del 2017 qué se titula Casa en el aire. En esa medida esa poesía fue una selección sintética de 30 años de trabajo, más o menos ese es el tiempo que cubre de libros publicados. Justamente por eso yo le veo un valor muy especial a este premio porque está premiando una trayectoria, un recorrido en un momento en el que yo me siento muy apropiado de una forma de mirar la poesía y también de mirar el mundo. Este premio o el equivalente, yo lo recibí en 1993, digo el equivalente porque eso lo otorgaba en ese momento el Instituto Colombiano de Cultura (Colcultura). Lo recibí por mi tercer libro En el traspatio del Cielo. Ahora en perspectiva miro toda mi obra y En el traspatio del cielo es un libro muy importante para mí, pero pienso que ahí todavía no había descubierto el designio más fuerte de mi voz poética. Ese es un libro que sigue la tradición colombiana de una poesía grave, seria, en la cual no hay presencia del humor, en cambio en los libros posteriores descubro que el humor es la forma de reflexión más alta del ser humano, y la forma también más alta de la poesía, por eso comencé desde ese momento a mirar de una forma diferente a un coterráneo mío que antes lo veía con cierta distancia. Ese coterráneo es Luis Carlos López, ahora mismo me siento más cercano a él, eso para mí ahora es muy importante, esa apuesta por el humor, por la lúdica que está ausente de la poesía colombiana.

POR: ALEJANDRO ROSALES

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