12 poemas dedicados a los gatos

Fuente: https://www.revistaarcadia.com/libros/articulo/12-poemas-para-los-amantes-de-los-gatos/75983 Los gatos —su hondura, su sigilo, su misterio— han fascinado durante siglos a los poetas. Desde Baudelaire y Borges hasta Gonzalo Rojas y José Watanabe, aquí una breve antología para los amantes de los felinos. Los gatos Charles Baudelaire Los amantes fervientes, los sabios venerables, Sienten, cuando maduros, igual predilección Por los gatos, orgullo de la casa, que son Como ellos sedentarios y al frío vulnerables. Amigos de la ciencia y la sensualidad, Prefieren el silencio y las tinieblas crueles. Del Erebo serían los fúnebres corceles Si su altivez cediese ante la majestad. Cuando sueñan, adoptan las nobles actitudes De las grandes esfinges que en vastas latitudes Solitarias se pierden en un sueño inmutable. Mágicas chispas arden en sus grupas tranquilas Y partículas de oro, como arena impalpable, Alumbran vagamente sus místicas pupilas. Oda al gato Pablo Neruda Los animales fueron imperfectos, largos de cola, tristes de cabeza. Poco a poco se fueron componiendo, haciéndose paisaje, adquiriendo lunares, gracia, vuelo. El gato, sólo el gato apareció completo y orgulloso: nació completamente terminado, camina solo y sabe lo que quiere. El hombre quiere ser pescado y pájaro, la serpiente quisiera tener alas, el perro es un león desorientado, el ingeniero quiere ser poeta, la mosca estudia para golondrina, el poeta trata de imitar la mosca, pero el gato quiere ser sólo gato y todo gato es gato desde bigote a cola, desde presentimiento a rata viva, desde la noche hasta sus ojos de oro. No hay unidad como él, no tienen la luna ni la flor tal contextura: es una sola cosa como el sol o el topacio, y la elástica línea en su contorno firme y sutil es como la línea de la proa de una nave. Sus ojos amarillos dejaron una sola ranura para echar las monedas de la noche. Oh pequeño emperador sin orbe, conquistador sin patria, mínimo tigre de salón, nupcial sultán del cielo de las tejas eróticas, el viento del amor en la intemperie reclamas cuando pasas y posas cuatro pies delicados en el suelo, oliendo, desconfiando de todo lo terrestre, porque todo es inmundo para el inmaculado pie del gato. Oh fiera independiente de la casa, arrogante vestigio de la noche, perezoso, gimnástico y ajeno, profundísimo gato, policía secreta de las habitaciones, insignia de un desaparecido terciopelo, seguramente no hay enigma en tu manera, tal vez no eres misterio, todo el mundo te sabe y perteneces al habitante menos misterioso, tal vez todos lo creen, todos se creen dueños, propietarios, tíos de gatos, compañeros, colegas, discípulos o amigos de su gato. Yo no. Yo no suscribo. Yo no conozco al gato. Todo lo sé, la vida y su archipiélago, el mar y la ciudad incalculable, la botánica, el gineceo con sus extravíos, el por y el menos de la matemática, los embudos volcánicos del mundo, la cáscara irreal del cocodrilo, la bondad ignorada del bombero, el atavismo azul del sacerdote, pero no puedo descifrar un gato. Mi razón resbaló en su indiferencia, sus ojos tienen números de oro. A un gato Jorge Luis Borges No son más silenciosos los espejos ni más furtiva el alba aventurera; eres, bajo la luna, esa pantera que nos es dado divisar de lejos. Por obra indescifrable de un decreto divino, te buscamos vanamente; más remoto que el Ganges y el poniente, tuya es la soledad, tuyo el secreto. Tu lomo condesciende a la morosa caricia de mi mano. Has admitido, desde esa eternidad que ya es olvido, el amor de la mano recelosa. En otro tiempo estás. Eres el dueño de un ámbito cerrado como un sueño. Un gato en un piso vacío Wislawa Szymborska Morir, eso no se le hace a un gato. Porque qué puede hacer un gato en un piso vacío. Trepar por las paredes. Restregarse entre los muebles. Parece que nada ha cambiado y, sin embargo, ha cambiado. Que nada se ha movido, pero está descolocado. Y por la noche la lámpara ya no se enciende. Se oyen pasos en la escalera, pero no son ésos. La mano que pone el pescado en el plato tampoco es aquella que lo ponía. Hay algo aquí que no empieza a la hora de siempre. Hay algo que no ocurre como debería. Aquí había alguien que estaba y estaba, que de repente se fue e insistentemente no está. Se ha buscado en todos los armarios. Se ha recorrido la estantería. Se ha husmeado debajo de la alfombra y se ha mirado. Incluso se ha roto la prohibición y se han desparramado los papeles. Qué más se puede hacer. Dormir y esperar. Ya verá cuando regrese, ya verá cuando aparezca. Se va a enterar de que eso no se le puede hacer a un gato. Irá hacia él como si no quisiera, despacito, con las patas muy ofendidas. Y nada de saltos ni maullidos al principio. Lea también: 17 poemas de 17 poetas colombianas [Yace aquí abajo...] Natsume Soseki* Yace aquí abajo todo un atardecer, con posible tormenta. *Haiku que Soseki utilizó como inscripción sepulcral de su gato doméstico. Gato negro a la vista Gonzalo Rojas Gato, peligro de muerte, perversión de la siempreviva, gato bajando por lo áspero, gato de bruces por lo pedregoso en ángulo recto, sangrientas las úngulas, gato gramófono en el remolino de lo áfono, gato en picada de bombardero, gato payaso sin alambre en lo estruendoso del Trópico, arcángel negro y torrencial de los egipcios, gato sin parar, gato y más gato correveidile por los peñascos, gato luz, gato obsidiana, gato mariposa, gato carácter, gato para caer guardabajo, peligro. Le puede interesar: ‘Ya no‘, un poema de Idea Vilariño Solo de gatos Rafael Alcides Pérez Este gato está pidiendo amor. Maullando llega, levanta la cola, se arquea como un joven guerrero, se aplana contra el piso, se tiende boca arriba con la sinceridad de quien ya ha perdido la vergüenza, da vueltas, no deja de maullar y se va, por fin se va sin que le hagan caso. Yo también maullé a lo largo de mi vida, señor gato. Yo también levanté la cola; yo también me contorsioné como un acróbata en su noche de debut; yo también me aplané contra el piso hasta ser una alfombra volando en los cielos de Simbad. Yo también, fui payaso, telépata, electricista, príncipe desterrado que arregla cocinas a domicilio para olvidar, y al cabo yo también me marché sin que me hicieran caso. Es el destino de esta ciudad. Acostúmbrese. (Está escrito.) En overol de herrero o con fanfarrias de monarca, por los siglos de los siglos pasarán los moradores de este lugar maullando igual que usted. (Del libro Gatos) Darío Jaramillo Agudelo Estados de la materia. Los estados de la materia son cuatro: líquido, sólido, gaseoso y gato. El gato es un estado especial de la materia, si bien caben las dudas: ¿es materia esta voluptuosa contorsión? ¿no viene del cielo esta manera de dormir? Y este silencio, ¿acaso no procede de un lugar sin tiempo? Cuando el espíritu juega a ser materia entonces se convierte en gato. Gato José Emilio Pacheco Ven, acércate más. Eres mi oportunidad de acariciar al tigre -y de citar a Baudelaire. Había tres gatos… Marosa di Giorgio Había tres gatos que no eran silvestres ni caseros. Vivían en la bodega. La bodega estaba lejos de la casa. Yo iba hasta allá cuando las amas andaban cortando ajíes, que son de tul verde con el coágulo rojo dentro. La amatista… brilla la pata de turquesa de que penden. De esos gatos se dijo que comían mariposas y algo más absurdo se dijo… que comían moras. Pero yo nunca lo comprobé. Estos gatos eran llamados los indios. Al verme, cada uno trepaba a un árbol y me miraba. Así yo era observada desde tres lugares diversos. Un día, uno de los gatos tuvo para mí intenciones sexuales y yo huí a través de los ajíes de encaje y él volaba y caía a mis pies y volvía a volar y a caer a mis pies. Me siguió en la larga caminata demostrando a cada instante su poder supremo e inútil... El gato José Watanabe Estoy esperando la vuelta del gato desconocido que cruzó el alféizar de mi ventana. El alféizar corre a lo largo de varias ventanas. No tiene otro camino. Volverá y esta vez mi imagen le será más cordial. Pasó arrogante como un bello inmortal. Los gatos ignoran la contingencia de los torpes, tropezar y caer. Miden tan bien sus pasos cuando cazan o fugan, y nunca nunca cara de extraviados. Así nos infunden en la mente su propio mito. Y los mininos de viejas no los contradicen porque gato es gato, dignísima fiera cuando la vieja duerme. Los gatos son peligrosos para la poesía, pronto acumulan adjetivos, mucho provocan, mucho seducen. Por eso no espero limpiamente la vuelta del gato, la mucha belleza me hace siempre perverso. Y digo: está caído en la vereda, inmóvil, dirigiendo hacia mi altísima ventana su última y fosforescente mirada. IV (del poema Las musas ciegas) Herberto Helder Mujer, casa y gato. Una piedra en la cabeza de la mujer; y en la cabeza de la casa, una luz violenta. Anda un pez extenso por la cabeza del gato. La mujer se sienta en el tiempo y mi melancolía la piensa, mientras que el gato imagina la elevada casa. Eternamente la mujer de la mano pasa la mano por el gato abstracto, y la casa y el hombre que voy siendo son minuto a minuto más concretos. La piedra cae en la cabeza del gato y el pez gira y para en la sonrisa de la mujer de la luz. Dentro de la casa, el movimiento oscuro de estas cosas que no encuentran palabras. Yo mismo caigo en la mujer, el gato dormita en la palabra, y la mujer toma la palabra del gato en el regazo. Miro, y la mujer es la palabra. Palabra abstracta que se enfrió en el gato y ahora se calienta en la carne concreta de la mujer. La luz ilumina la piedra que está en la cabeza de la casa, y el pez corre lleno de originalidad por la palabra adentro. Si toco la mujer toco el gato, y es apasionante. Si toco (y es apasionante) la mujer, toco la piedra. Toco el gato y la piedra. Toco la luz, o la casa, o el pez, o la palabra. Toco la palabra apasionante, si toco la mujer con su gato, piedra, pez, luz y casa. La mujer de la palabra. La Palabra. Me echo y amo a la mujer. Y amo el amor en la mujer. Y en la palabra, el amor. Amo, con el amor en el amor, no sólo la palabra sino cada cosa que invade cada cosa que invade la palabra. Y pienso que estoy completo en el minuto en que la mujer eternamente pasa la mano de la mujer por el gato dentro de la casa. En el mundo tan concreto. Gato nocturno destruye su leyenda Eduardo Chirinos No sé si me gustan los gatos. Tampoco si me gustan los perros. Jamás he tenido mascotas en casa (tampoco niños), pero un gato me visita siempre por las noches. “Debes ser el gato de Baudelaire, le digo. Veo tus místicas pupilas, tus ojos de metal y ágata mirarme a través de la oscuridad”. Pero el gato no responde. “Entonces eres Micifuz el extranjero o Marramaquiz el que araña las bibliotecas del Parnaso”. Pero el gato estira su lomo sin decirme nada. “¿Has venido acaso de Cheshire y no entiendes español?, ¿acaso apareces y desapareces y muestras de noche tu sonrisa sin gato?” Pero el gato, pardo como todos los gatos, ni siquiera sonríe. Pruebo entonces con el gato con botas, con el gato triste y azul que nunca se olvida, con el gato filósofo de Natsume Soseki “que aún no tiene nombre”. Pero el gato levanta su cola, da media vuelta y se marcha, indiferente, hacia la noche fría. por RevistaArcadia.Com