Fuente; https://elpais.com/cultura/2019/04/08/actualidad/1554732564_586217.html

Estuve hace unos días en la tumba de Antonio Machado en Collioure. Era la segunda vez que la visitaba. Sentí pena, pena y miseria. Escribo ahora sobre mi visita a Collioure desde Venecia, donde me encuentro en este instante.

 

Venecia también, como Collioure, fue un símbolo de la poesía española, y recuerdo el excelente poema Oda a Venecia ante el mar de los teatros, de Pere Gimferrer. Me acuerdo del verso: “Tiene el mar su mecánica como el amor sus símbolos”. Vuelve mi mente a Collioure.

Muy cerca de la tumba de Machado vi una casa con la ventana abierta. Me fijé en esa casa y estuve mirándola todo el rato, hasta que en esa ventana apareció una mujer. La mujer y yo nos quedamos mirando. Ella debió de pensar “otro español más haciéndose fotos al lado de la tumba de ese otro español, el español famoso, si es que entre españoles la fama existe”. Era una francesa octogenaria. Pensé que llevaría unas cuantas décadas viendo pasar peregrinos tristes. De vez en cuando se hartará de levantarse todas las mañanas y encontrarse allí a un montón de gente leyendo poemas o poniendo banderas. Lo que es importante para unos carece de importancia para otros.

Pensé en ese desconocimiento, como el que hay entre los miles de turistas que vienen a Venecia de los versos que el poeta catalán Gimferrer o de los del poeta estadounidense Ezra Pound, que está enterrado en la isla de San Michele, dedicaron a la ciudad de los canales. Me acuerdo de cuando visité por primera vez la tumba de Ezra Pound, me costó muchísimo encontrarla. No ocupaba ningún lugar principal en el cementerio veneciano. Estaba escondida. La patria de los poetas, de tenerla, será la poesía, o mejor, la muerte misma.

Tanto Machado como Pound están enterrados en países extranjeros. Ni Machado era francés ni Pound era italiano. Machado huía de España por unas razones y Pound de Estados Unidos por otras. Pero al final los dos estaban haciendo lo mismo: huir. Ahora la tumba de Antonio Machado en Collioure ha devorado la memoria de los otros muertos civiles que yacen allí, a su lado. Me entretuve viendo muertos franceses. Vi la tumba de un crío de 22 años muerto en la Primera Guerra Mundial. Me gasté una fortuna y me fui en un taxi lancha hasta la isla de San Michele. Como en la última vez que estuve, la tumba de Pound no tenía flores. En cambio, la de Machado está llena de homenajes. Y ahora tiene una merecida y digna placa del Gobierno de España, recién puesta. La de Pound no tiene placa del Gobierno de Estados Unidos. Muy diferentes fueron en todo Machado y Pound, sin embargo, los dos murieron mientras huían y eso los une para siempre. Los dos murieron solos. Y los dos gozan de un placer inconmensurable: ya, por fin, no pueden oírnos.

MANUEL VILAS

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