Fuente: https://www.revistaarcadia.com/libros/articulo/un-recorrido-por-la-obra-poetica-de-pablo-montoya/71845

A raíz de la publicación de 'Hombre en ruinas' (2018), el sexto libro de poemas del escritor barranqueño, Carlos Andrés Jaramillo hace un rastreo de su trayectoria poética, uno de los aspectos menos comentados de su obra.

 

¿Es poesía lo que escribe Pablo Montoya? Sin duda lo es. Tanto por la eufonía de su escritura, como por la curiosidad con la que explora el lenguaje. Tanto por la concisión y la tensión de su prosa, como por la revelación auténtica que aguarda al lector de sus textos. ¿Entonces por qué nos suscita esa duda? Acaso porque su obra desafía aquello que teníamos por cierto en la poesía.

Hasta el siglo XIX, la comprensión que se tenía de la poesía provenía de Hegel. En su estética la poesía lírica debía obedecer a dos condiciones: decir la verdad y expresar la subjetividad del poeta de forma verídica. Con ello, el filósofo alemán autorizaba, en parte, la pretensión de veracidad del arte, pero reducía su esfera al subjetivismo. Por eso, esta consideración sirvió, según los intereses de unos y otros, para defender o atacar la subjetivación radical, el lenguaje hermético de buena parte de la lírica moderna.

No obstante, al final de ese siglo, dos escritores, que no se conocían entre sí —y que acaso nunca polemizaron con los escritos de Hegel— nacieron para refutarlo.

El primero fue Marcel Schwob, el autor de las Vidas imaginarias, un volumen de cuentos en el que inventaba anécdotas y abusaba, con erudición, de la libertad que le concedían las lagunas de la historia. Fue un maestro de la ficción, que nos relató las vidas íntimas de figuras reconocidas o anónimas como Descartes, Lucrecio o Walter Kennedy. El segundo, fue el poeta Fernando Pessoa, que recomendaba el fingimiento y que creó una profusión de personajes en las que su ser se oscurecía. Antonio Tabucchi lo describió en una ocasión como novelista. En otra, como un actor demasiado consciente de sí mismo para ejecutar su papel sin interrupción. En ambos autores había un desafío a la estética del filósofo alemán, una libertad que se conquistaba: no era necesario buscar la verdad y, de hacerlo, esta podía encontrarse a través de la ficción y por fuera de la experiencia individual del poeta.

Esta nueva libertad, que asumen Pierre Michon y Pascal Quignard en la prosa, fue ganada por Montoya para la poesía. Usando la ficción histórica, saca a la lírica de su solipsismo y la introduce en la invención, pero sin renunciar a la verdad. Por eso, decir que todo en la obra de Montoya es ficcional equivale a simplificar la seriedad de sus investigaciones. Si puede afirmarse que muchas de las cosas que relata no pasaron, debe reconocerse, en cambio, que fueron posibles. Y ahí está una de las claves de su poética: lo que intenta Montoya es reconstruir, con numerosos o escasos datos, una mirada del pasado que alumbre la naturaleza humana en el presente. Y esa mirada que busca revivir es la de los hombres que se aventuraron en lo desconocido: los viajes, el arte, el sexo, Dios.

Los temas de su poesía dan cuenta de su experiencia vital y revelan preocupaciones éticas, estéticas y sensuales. Entre dichos temas encontramos la violencia endémica, el desarraigo físico y existencial, la belleza turbadora, el arte que salva o condena, el sexo abismal o sereno y los artistas alumbrados en el momento de su muerte.

Montoya y la historia universal: Viajeros, Trazos, Sólo una luz de agua y Programa de mano
La obra de Montoya puede dividirse en dos perspectivas que no se excluyen, que se mezclan, pero que logran diferenciarse entre sí: los libros donde aborda la historia universal y aquellos donde aborda su historia personal. En el primer grupo encontramos: Viajeros (1999), Trazos (2007), Sólo una luz de agua (2009) y Programa de mano (2014).

Viajeros es un libro compuesto por voces. Son viajeros de paso: derrotados, cansados, osados o insaciables que, de camino al polvo, hacen un alto para decir lo que ellos fueron. Porque lo que busca Montoya es alumbrar una vida desde un rasgo esencial (existencial), que nos diga de una vez quién era ese viajero y cuál fue el tiempo que le correspondió vivir, como en este monólogo de un esclavo: “Llevo cadenas. Los dioses no han muerto pero están solos. A mi lado, rabia. Soy la raíz del mundo. // Preso en lo hondo de este barco, soy la revuelta inevitable”. Viajeros contiene ya algunos personajes que serán los protagonistas de sus novelas. Pero el texto no es una colección de resúmenes, sino un inventario donde se halla condensado todo su universo imaginario. Por esta condición de inventario es comparable con la lectura de “Otras Inquisiciones” de Borges, donde el argentino condensa con sinigual maestría las claves de su pensamiento.

Trazos es un recorrido personal por la historia de la pintura. Si no, no podrían explicarse algunas omisiones o inclusiones que resultan extrañas. Nos ofrece la experiencia de pensar el mundo a través de los pintores, como en un Hokusai ya anciano: “La belleza es lo único existente, considera. Y no es verdad que esté tramada de ficciones. Es una incesante reunión de fugacidades”. No en vano Aristóteles insistió en que la vista era el sentido más importante, por cuanto nos permitía establecer más diferencias entre los objetos. Y por eso se sirve de estos grandes observadores, los pintores, para explicar la experiencia estética y la historia sangrienta del mundo, diciendo con ello que su mirada se da desde el arte y que nuestra experiencia de la guerra es compartida por todas las geografías y épocas humanas.

Sólo una luz de agua supone un regreso a la pintura de la mano del Giotto, que recrea en sus frescos escenas de la vida de Francisco de Asís. No se trata, sin embargo, de un libro religioso, aunque hable de un santo, porque las pinturas del Giotto tampoco lo son. En él, el pathos de la experiencia religiosa es cambiado por una revelación de lo humano. Las figuras se hacen más expresivas. Dejan el hieratismo del gótico para entrar en el dinamismo de las emociones. Las proporciones anatómicas se acercan a las verdaderas y el espacio compositivo se enriquece con la arquitectura, el paisaje y la soltura de las figuras, que ahora se organizan de formas variadas en la escena.

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Y eso mismo es lo que nos muestra Montoya, en una narración lenta y delicada, en la que la vida del santo adquiere el peso de la carne y las pasiones y en la que su destino se hace menos sublime que en las hagiografías. Es una exploración de las debilidades humanas, de las dudas y de la fe del santo, que no es compartida por Montoya, que lo ve ya con ternura, ya con desconfianza, porque su vida no es suficiente para que él, un escritor moderno, crea en Dios: “Francisco dice una palabra. Una exclamación expectante. Una interrogación entusiasta. El dolor que ya empieza a ser gozo. El placer de la carne se manifiesta como una felicidad extrema. Un Ay. Un solo Ay que nombra todas las oraciones dichas por León”.

Finalmente, Programa de mano es el libro en el que, como músico, Pablo se ocupa de la historia de los compositores, cuya mayoría habla en estas páginas en la postrimería de sus vidas. Como si la muerte, ese súbito resplandor, arrojara un último destello que permite a estos hombres examinar retrospectivamente su existencia, que ha estado, desde siempre, indisolublemente unida con la música. Libro en el que la música se ramifica en erotismo, muerte y memoria. En él los compositores dan paso, también, a la historia personal y, al entrar en la época moderna, los textos se hacen menos narrativos para tornarse más líricos, más complejos en consonancia con el periodo de la historia musical del que hablan. Vivir por y para los sonidos es la gran experiencia que nos relata allí. Nos habla de la música del fin, de la que acompaña y es ocasión del pensamiento. De la música que fue la vida. Así lo entiende con Sainte-Colombe: “Un día agregaste a la viola una cuerda más baja porque la soledad se expresa mejor con aquello que es grave. No hay conversación posible con el otro sin la ausencia. Esto se hizo evidente cuando murió tu esposa”.

Montoya y su historia personal: Cuaderno de París y Hombre en ruinas
Después, vienen los libros con más contenido autobiográfico, pero que no dejan de estar atravesados por la historia cultural: Cuaderno de París (2006) y Hombre en ruinas (2018).

En Cuaderno de París hay una desfundación mítica de la ciudad, que es desdibujada, recriminada, fustigada, recorrida, celebrada y comparada con una fruta podrida. Está escrito en un tono concentrado, narrativo, pero atravesado de ironía, de una acritud que aligera la prosa de Montoya, haciéndola rica en sarcasmo e inventivas contra la ciudad, la historia y la patria de donde procede. Por momentos parece el delirio de un demente, pero soportado por la erudición histórica y estética, que lo convierte en un delirio dirigido e incisivo. Así se dirige a Bolívar en su paso por Francia: “Perteneces a esa categoría de hombres que nos acompañan. Al principio como esperanza. Luego como una decepción. Después como una maldición. [...] decirte pirobo es un chiste que encierra lo que algunas generaciones juveniles sienten por tus proezas. Escupirte, mearte, cagarte es algo que realizan los perros, los mendigos, los borrachos después de las verbenas”. Libro de olores, de sexo, de manifestaciones, de fantasmas, de extrañeza, de largos recorridos por las calles y por los lugares más sórdidos; lo es también del asombro, de la contemplación, del extravío. Un libro en el que abandona, por momentos, la reflexión histórica para entrar en el frenesí.

Hombre en ruinas es, ante todo, el primer poema que, además de ser extenso, le da nombre al volumen. Aquí, como en ninguno otro de sus textos, la lírica de Montoya se eleva hasta la reflexión, abrazándose con ella, dotando de hondura a lo que sólo podría ser música. En ese sentido, sigue la estela de Rilke, cuya obra es una larga meditación poética sobre la existencia. Aquí, como en el Cuaderno de París, hay una conciencia de estar fragmentado. Pero mientras que allí es ocasión de angustia, aquí lo es de aceptación, de asunción de su condición. El Montoya maduro es una memoria ajena, histórica, que se piensa a sí misma. Y una memoria personal que piensa la historia. Es un ser escindido que, en su derrumbe, en su pérdida del yo, puede dar voces a otros seres que, a su vez, lo explican a él. Esa contemplación de la ruina es ocasión, también, de afianzarse rabiosamente en los goces estéticos, sensitivos y carnales, que se saben perecederos, pero no inútiles. El volumen lo completan diversas prosas poéticas que hablan grávidas de una luz nueva, acaso alumbradas por la fuerza del poema que abre el volumen: “Estoy desplegado en el tiempo. Fluyo en él como una criatura sin señales // Estoy hecho de tribulaciones. // Soy el lugar de las exhumaciones // Los hombres han sido deglutidos más por su muerte que por el ciclo de los cataclismos de la Tierra”.

Quienes han frecuentado su obra, saben que Montoya busca borrar las fronteras entre los géneros. En sus narraciones, habla el lenguaje de la poesía. Y la mayoría de sus poemas son relatos del pasado. Historias que, a pesar de su ritmo narrativo, se detienen sobre las cosas, haciendo de cada frase ocasión del poema. Y si sus textos son extensos, obedece menos a una incapacidad de concisión que a una voluntad totalizadora, al intento de agotar lo que cuenta en sus matices. A veces puede parecer que la frase se alarga, que hay versos de más. Pero la generosidad de su escritura surge de la necesidad de ser comprendido, de ser claro, de expresarlo todo. Según se vea, puede ser un signo de inseguridad o de erudición.

Pero más allá del tema, lo que define a la poesía como arte es la destreza en el uso del lenguaje. Y Pablo es un artesano aplicado. Además de la riqueza léxica evidente en sus textos, escruta en la oscuridad de la lengua y trae palabras que el idioma, en su encogimiento, ha olvidado. Palabras que pueden resultar extrañas o disonantes, coloquiales o chocantes, pero que en los poemas encuentran su lugar. Su lenguaje es limpio, erudito, pausado, asordinado por momentos, y busca ante todo la claridad. Ha sido revisado y ensamblado con esmero. En él se siente el lector en un ámbito fresco, visitado por la luz, aunque hable de las tinieblas o de los fluidos del cuerpo.

Quien se deje contar historias sin prisa, llevar de la belleza de las imágenes, descubrirá la riqueza de una conciencia que se piensa a sí misma en las otras. La exactitud de una obra que tiende un puente al pasado, que nos recuerda como Rilke que la belleza es apenas el comienzo de lo terrible. Quien lo haga, tendrá una experiencia.

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CARLOS ANDRÉS JARAMILLO

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