Fuente: http://ccaa.elpais.com/ccaa/2017/03/15/catalunya/1489616926_511675.html

Algo muy grande ha de ocurrir hoy en un aula universitaria de más de 100 sillas para que esté a rebosar, con gente en los pasillos, y entre los alumnos, el expresident Maragall, su hermano Ernest, rectores (Josep Maria Bricall) y muchos catedráticos (Alberto Blecua), filósofos (Xavier Rubert de Ventós), poetas (Ramón Andrés), editores (Valeria Bergalli) e infinitos compañeros, todos amigos.

Él los miraba a todos desde dos pantallas que flanqueaban la pizarra: ahora desde la barandilla del Patio de Letras, ahora pipa en ristre, ahora con José María Valverde... Y siempre ese flequillo díscolo que llevó siempre el catedrático y poeta Luis Izquierdo, a quien la Universidad de Barcelona homenajeó ayer tras su muerte el pasado octubre.

Obligados a construir su ausencia, un culto y emotivo caleidoscopio de recuerdos de colegas fue componiendo el retrato. “Cien azotes auténticos, no como los de Sancho” estaba dispuesta aceptar la catedrática Rosa Navarro, que compartió despacho con Izquierdo, para verle de nuevo doblar la esquina o para que volviera a “enseñar senderos para entrar en los libros”, como dijo que hizo con ella (un Julián Ayesta, por ejemplo) y con sus alumnos. Dio fe de ello Marisa Sotelo, encarnación de ese “Llegar al fin es dar con el principio” que escribió el poeta y profesor: la hoy directora del Departamento de Filología Hispánica antes fue su alumna (El simbolismo y los Machado), “nunca impartiendo el programa establecido, apuntes escasos, alguna ficha, libros anotados, saltos inesperados”, recordaba. También sobre eso versificó: “Todo lo que escribimos ya ha ocurrido”.

La profesora Ana Rodríguez Fischer recurrió al amigo que se transparentaba en sus “imprevisibles, irregulares en el tiempo” cartas, versos en prosa, pensamiento certero: “La belleza siempre debe adivinarse”, citó; o el final de otra, premonitoria hoy: “Seguir y obviar el descarrilamiento general”.

“Sonaba el teléfono a las nueve de la mañana; solo podía ser Luis. ‘¿Has visto ya Sin perdón?’”, le soltaba a su colega universitaria María José Sánchez Cascado, con quien hablaba de películas. “El cine y yo nos retroproyectamos”, le confesó. Y entre Vértigo, cualquier Berlanga o el documental Searching for Sugar man, coincidían con que Rouco Varela debía haber sido el malvado abad de El nombre de la rosa “porque no requería maquillaje”.

De todo el duro episodio dels Fets del Paranimf (1957), en la memoria del catedrático Joaquim Marco queda la imagen de la aparición de sus padres en el compartimento del tren que le llevaría a Carabanchel 8 meses, llevados allí por las misteriosas gestiones de Izquierdo y su esposa Ana, ayer presente con sus tres hijos, Toni, Miquel y Pol. Marco, “la amistad con Luis más antigua de esta aula, anterior incluso a la que sería la de su esposa, cuando se conocieron en el cercano Pati de Lletres”, facilitó la entrada en la facultad como profesor a ese hombre “brillante, cínico, irónico, a veces malvado, eficaz, sencillo, socialista crítico, católico crítico y siempre crítico; ese ha de ser su legado”.

A pesar de que la primera vez que se conocieron Izquierdo le confundió con un veinteañero cantante de caramelles, el catedrático Jordi Llovet admitió que su pasión por Kafka se la debía a él, que fue quien sugirió su nombre a su amigo Pere Quart para que tradujera al catalán La transformació. También recordó Llovet la pasión viajera de quien, perdido de muy joven el suyo, encontró un padre en Jordi Maragall, progenitor de los políticos.

Los alumnos hacen grande al maestro. Andreu Jaume, uno de ellos, acabó siendo su editor. Y lo leyó. Este don: “Seguir, / y nada más. Es este el don. / Es lo que queda”. Queda Luis Izquierdo.
CARLES GE

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