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POEMAS AL AZAR
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[nagekidori]
Autor: Armenta Malpica, Luis


Mi corazón es la ciudad más grande que conozco.
Radiqué en sus orillas en la infancia.
Nadie me delató su desarrollo
hasta hoy que el cielo no se abre ante mis párpados.
Hubo un pomar
también una serpiente
pero no la mujer a la cual desvestir
de una mordida.
Desde cualquier instante ella me miraría
con rosas apagadas en los ojos tan verdes
de aquel mi nunca sueño.
Si dijera: “Abandona toda esperanza de encontrarme
en esta selva oscura”
yo pudiera seguir los medios pasos
que ha dejado mi sangre entre las nubes.
Solo hay manzanos y serpientes adentro de los ojos.
Nadie podrá culparme por haberla buscado
en las mareas del cuerpo.
Empecemos por delinear la tierra en el blanco del ojo.
Grafito cuyas huellas inauguren raíces aunque luego se dé nombre
a los árboles. Humo que deja el paso de las aves
que migran debajo del arco iris y por fuera del iris hasta formar su nido
en la pupila. Río de la mujer que alimente
los frutos que tentarán al hombre cuando sea dibujado. Costado
del infierno que podamos llamar el paraíso si alguien
lo recupera desde el sueño.
Empecemos por la línea que separe el bien del mal
dentro del árbol. Digamos un samán (incluso si
no existe) aunque se represente como ceiba: en verdad el clavel
es una rosa es una rosa es una rosa el mundo
no parece jardín hasta que los colores complementan el trazo.
Antes que edén el ojo era tan solo llamas: coágulo
cristalino. Nadie
lo llama rosa pero es clavel de todos.
Empecemos por mencionar la luz como un reptil
abandona la sombra que le prodiga el árbol. Su delgado pincel
marca los nudos y la madera
incendia. Porque la sed es mucha
se distancia del fruto
de su vientre
y persigue el jardín que es presa fácil para su sangre fría.
¿Este era el sueño: una rosa un clavel
y la mano que no acaba de resolver si los pinta
o los deja en su verde común bajo los pétalos?
Empecemos por borrar tanta sombra del ojo
al menos siete días para quitar la tierra que formaría
una lágrima y anegaría el jardín ya terminado o a punto
de concluir porque es domingo. Pero anular
es trabajo para algún dios oculto, padre de la ceguera, señor
de los reversos y corticosteroides.
De humor acuoso altamente inflamable el acto
de volver al negro del principio no
lo contemplo aún
entre
mis
planes
...
Armenta Malpica, Luis