CANTO NUESTRO
Sorto Heber


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Canto Nuestro, de Héber Sorto, Ed. Universitaria, Tegucigalpa=
,
Honduras, 2000. Canto nuestro alberga momentos importantes en la
creación poética. Basta uno o dos poemas en una obra, que a fin de
cuentas es lo que perdura en la memoria colectiva, para que un poeta
se sienta afortunado.

Con seguridad, Sorto logra lo dicho en los poemas: Nostalgia de una
infancia trascendente, Canto Nuestro y Viaje a la capital. Estos
poemas, en el conjunto del poemario, son los que mejor revelan la
calidad creadora de nuestro joven poeta.

En Nostalgia de una infancia trascendente, el poeta, apelado por el
pasado, regresa a su mundo interior para salvar parte de su
existencia. Como si el presente fuera para sí un desierto inhóspito
en el cual la única fuente que le salva del tedio es el oasis de su
infancia.

En la infancia reina la alegría, la ilusión y la capacidad de asombro
ante la naturaleza y ante los acontecimientos vividos. Todo ese
universo concita al Sorto y lo estremece de nostalgia.

He aquí el poema: Si recordara los pasajes de mi infancia/ diría /
que aún conservo en la hondura de los talones, / la sensación que
causan las espinas.// También diría que conservo: / el legítimo
tamaño de mi nombre, / la búsqueda de mi niñez ilusionada, / los
sabios refranes de mi padre / y los tropeles de potros salvajes /
bajo los cuales transito.// Los colores que el arco iris germina /
después de una larga tormenta, / ese sentimiento que el elogio
produce / cuando se es niño bajo un sol argumentado / en un paraíso
indestructible / y las coplas que nos hablan de la muerte / con las
palabras más dulces y tiernas, / se enredan en las cercas / de otra
escuela/ y en los brazos de otros niños / con los que nunca estuve

El poema Canto Nuestro es un poema esencial en la obra de Sorto. Por
varias razones: una porque es el fiel reflejo de la idiosincrasia
hondureña, es decir, muestra el espectro de un pueblo paciente que,
lejos de pretender vana grandeza, tiene su propia filosofía de la
vida.

En este poema Sorto deja asentada su conciencia intelectual, su modo
de percibir su mundo y su sociedad. No tolera las mentiras pintadas
de verdad. Sabe de los desengaños de un país que, al fin y al cabo,
vuelve a encontrarse consigo mismo.

Sorto preconiza que el hondureño no es rapaz ni es el resultado de
una tierra mal habida y sombría. El final del poema descuella de
forma inesperada. El poeta apunta a lo sacro de la hondureñidad: el
amor.
Dejemos para otros los volcanes / de la sabiduría, / nosotros nomos =

distintos: / una paciencia nos asiste. / La vida la entendemos
simplemente. / La lluvia tardía y los frutos que caen / en el solar
ajeno / sabemos que no son nuestros. / Vivimos rodeados de
incontables espejismos / pero conocemos dónde encontrarnos /
aferrados a la realidad. // No somos aves que sacan ojos en vez de
peces, / no somos los frutos oscuros de esta tierra, / entre nosotros
está el amor, / nada puede perdernos, / nada.

Viaje a la capital, manifiesta un estado emocional del poeta:=
la
nostalgia. Mientras viaja en autobús, el poeta queda atrapado por la
nostalgia y la soledad, sus dos compañeras de viaje, del viaje de su
vida. En mi opinión, el hallazgo poético reside en empalmar el
correr, el viajar, con el correr de un arroyo, símbolo del correr del
tiempo y de paso por la vida.

El poeta se ve a sí mismo en el correr del arroyo, pero con una
diferencia capital: que al arroyo no le importa que queda atrás, y al
ser humano sí. El arroyo no se inmuta ante lo que deja atrás, pero sí
el poeta. Este contraste es lo que universaliza, de repente, el
poema Viaje a la capital.

Una constante en Héber Sorto, que encontramos en el conjunto de su
obra, es la soledad y la nostalgia. La combinación de ambas suponen
para el aeda un desgarramiento dolosoroso.

Desasido de lo que más quiere, indefenso en su peregrinar, busca en
su memoria una lo que califico de razón poética; para subsisti=
r
durante su viaje, que, posiblemente, dure toda la vida. Viaje a la
capital es en realidad un viaje al propio yo, a un yo elegíaco que
pervive gracias a la poesía.

Viaje a la capital: No estoy a gusto / atrás quedan las manos
agotadas de mamá / las alargadas casas, aún sostenidas / en los
flancos de la calle en que crecí / invadiendo los almacenes del
sueño, / rescatándolos, / aferrándolos a mis conquistas. / Atrás dejo
una historia, / un cielo pequeño, / un viento de ciudad que no
descansa / hermanos que me esperan, / talleres acelerados, / puentes
en construcción. / El autobús avanza; / se hunde en sus razones. / En
mi interior la nostalgia escribe. / Un arroyo puede correr y correr /
sin darle importancia a lo que deja / los hombres no, los hombres
tenemos nostalgia. / La soledad va de mi brazo / su rostro es amplio
y encorvado / como una rótula enorme. / Todo es ausente y doloroso,
todo, en el transcurso de este viaje.

ARTE POÉTICA

Arte Poética tiene dos partes, las cuales están interrumpidas tan
sólo por un suspiro para continuar la lectura hasta el final de la
misma.

En la primera parte el poeta se refugia bajo la acacia de la poesía,
pues “la poesía es una acacia”, en la que se resguardan los ala=
dos
pensamientos y las emociones del creador, como aves migratorias que,
en catervas, arriban y vuelan bulliciosas. A este árbol viene el
poeta a tocar la lira orfeica.

Es, precisamente, bajo este árbol donde el poeta quiere tocar fondo
en lo concerniente a la búsqueda de la belleza, yendo por caminos en
los que se requiere ir desbrozando todos los obstáculos con tenaz
bizarría: “conocer el fondo por insistencia, no por raíces”.

Ávido de la imagen poética, en esencia, del “arte poética”, Héb=
er
Sorto, transido de fértil palabra, acarrea su imaginación hasta
atraparla en un ángulo sonoro. De ahí su insistencia por “perseguir
los versos que huyen como océano”. Esa persecución le trae una dulce =

recompensa: “sembrar una lámpara para que nazca la luz”.

Se aprecia, sin embargo, en Héber, una cierta reminiscencia, loable
por su vinculación con la tradición literaria, referente a los
clásicos. La fugacidad de las cosas, la transitoriedad conmueve el
alma del poeta: “Todo fluye”, Heráclito; “todo pasa y tod=
o queda”,
Antonio Machado; “todo pasa, todo transcurre”, dice el poeta qu=
e nos
ocupa.

Esta inquietud se prolonga a lo largo de la primera parte y, de forma
subterránea, en la segunda. Una de las claves de lectura del poemario
es el tiempo. El tiempo, tal como lo concibe Sorto, no es un tiempo
que confronta lo temporal con lo eterno, ni es una pregunta que lo
aboca al ser o a la nada, al estilo heideggeriano; ni es, en
definitiva, un cronómetro que le crea angustia y le aboca a la
experiencia cercana de la muerte.

El poeta es ese tiempo que, mientras tiene sentido de vivir en el
mundo, teje el poema para curar la herida de su temporalidad. Digamos
como que querría permanecer en el tiempo, pero en la poesía. El
tiempo, es decir, el poeta, “habla, escribe, siente cómo la sangre se=

desborda / sin salirse de su centro”.
Sencillamente el tiempo es un “poeta que teje un océano para los
peces sin estanque”.

Sin embargo, el tiempo para nuestro joven poeta, como en todo poeta
que vislumbra un tiempo sin tiempo, que mira al través de su espejo,
es la antesala de otro tiempo: la eternidad, lugar donde volverá a
nacer sin relojes: “hasta que el tiempo llegue a su nuevo nacimiento&=
#8221;.

Hay, además, un tiempo que es memoria del pasado, de lo vivido, de lo
perdido: “los garabatos del árbol de enfrente, los sobresaltos, / los=

postes del alumbrado que nunca descansan, / los años que suben / por
las manos, por las memorias del destiempo, / esta casa que golpea en
todas partes... / la ventana abandonada al doblar la esquina, / las
aceras, los muros”.

El tiempo pasado, nostalgia que rescata lo lejano, concita al poeta.
El poeta regresa, desde la memoria, a salvar aquel pasado con la
poesía: “regreso a esta casa... / El cuarto tiene las uñas largas, / =

de todos lados salen los recuerdos y se entrechocan por abrazarme”.

El tiempo, en suma, es la piedra sacrificial sobre la cual se inmola
el yo del poeta, quien deja como testamento estos versos: “sólo
quiero esconderme en una sala de cuna, / en el río que transcurro”.

La segunda parte, está vertebrada por un tipo de neorromanticismo.
Sorto se recrea pensando en la mujer que ama: “ella y yo estuvimos / =

como el agua que une las hojas en el arroyo”. Esta es una imagen
llena de emoción y de una fuerza poética intensísima.

La figura femenina acorrala la sensibilidad de Sorto: “mujer, tu
transparencia no cabe en los espejos”. Es como si el poeta quisiera
divinizar, como Dante a Beatriz, a la mujer que ha idealizado.

La mujer que sueña el poeta es como una araña (Penélope en la Odisea)
que teje y desteje con su belleza las tiernas trampas de la
seducción: “aquella mujer introdujo su cuerpo en el traje de
araña”; “tengo prisa por regresar a tu boca, a tu pelo... / si =
no
regreso a tu boca y a tu pelo, / nada es bueno”.

La juventud despierta de Sorto, bulle y arde de pasión: “te besaré en=

silencio / para que el río no suene, / ni las piedras”. Estos versos =

rezuman una candidez asombrosa y una inmensa erupción ocultada en el
silencio.

Su pensamiento, como un pájaro prisionero en su jaula, espera la
llamada de quien le obsesiona: “tu voz en el teléfono, / a la una de =

la tarde, / tiene frío en los labios”.

La consumación del amor acabará engendrando un nuevo fruto: “alguna
vez, como las ciruelas, tendrás una semilla / en tu vientre”.

El poeta, que vive la primavera de la juventud, antes de que le
llegue el otoño, lejano aún, tiene la visión apriorística de esta
ineludible realidad: “siento la caída de la última hoja”. Tambi=
én ese
otoño anticipa al lector el cese de su lira, de su palabra.

Impulsado por la misma fuerza creadora nuestro autor logra el clímax
poético con estos versos alentados por una vivaz imaginación: “para
que el río siga muriéndose en el mar / y el mar se incline al cielo”,=

lugar de la divinización y eternización de las criaturas; donde todo
adquiere plenitud.

La obra de Heber Sorto, Arte Poética, se circunscribe en un tipo de
poesía que oso denominar con la más vanguardista corriente
española, “Poesía de la Experiencia”, de la cotidianeidad, del =

acontecer de la realidad común.






Sorto Heber

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